DE REALIDADES AMABLES...Un paseo entre cañas
Aline Torres
El pueblo de Santa Cecilia en Tlalnepantla, Estado de México, es uno de los pocos sitios que en medio de la mancha urbana conservan su ambiente callado y solitario, donde los ruidos de la modernidad no tienen derecho de admisión.
Sin embargo, el silencio que impera en las calles se interrumpe al entrar al mercado, donde el barullo de marchantes y comerciantes se entremezcla con olores del pápalo, la barbacoa y el pescado.
En el centro de la comunidad, el quiosco brinda un espacio de reposo tanto para lugareños como para visitantes. Mientras, la iglesia colonial engalana los cielos y oculta la estructura piramidal de Santa Cecilia. Este hecho no es resultado de una construcción fortuita, sino del estratégico plan de urbanización y evangelización desarrollado por los españoles a su llegada a México.
La parroquia de Santa Cecilia, edificada a finales del siglo XVI bajo la dirección de los franciscanos, fue construida con las mismas piedras que los prehispánicos utilizaron para la edificación del basamento piramidal.
El dinamismo y expresividad barrocos de la iglesia tapan el teocalli, más no opacan la elegancia de sus formas simétricas que se elevan ocho metros sobre el nivel del suelo.
Para encontrarse con la construcción prehispánica, basta con rodear el templo cristiano, de este modo el visitante queda frente a una pirámide de pequeñas, pero estilizadas dimensiones. Para acercarse a la edificación precolombina es necesario sumergirse antes en el ambiente de finales del siglo XIX que caracteriza al museo de la escultura mexica “Doctor Eusabio Dávalos Urtado”.
EL recinto cultural, que lleva por nombre el del arqueólogo descubridor del basamento de Santa Cecilia, se aloja en lo que fue una casona de campo de una familia acomodada de la época porfiriana.
El jardín central da la bienvenida al recién llegado y le arrastra a un ambiente totalmente campestre, donde las sombras proyectadas por las granadas, higos y duraznos cobijan 17 piezas prehispánicas distribuidas entre la vegetación.
Alrededor del jardín se encuentra el corredor y las habitaciones de la casa convertida en salas de exhibición, donde se pueden apreciar 59 piezas que muestran aspectos de la vida cotidiana de los mexicas. A través de dichas figuras se puede definir a la escultura antropomorfa como el retrato idealizado de las divinidades de ésta sociedad.
Existen otras cuatro salas que muestran una colección histórica de objetos y muebles de la época de la casona. En estos espacios se recrea fielmente el ambiente porfiriano: un amplio comedor con una mesa al centro y vitrinas maderadas pegadas a las paredes; una cocina cuyos muros se decoran con cazuelas, jarros y ollas de barro de uso diario, y un pretil al centro; finalmente un tinacal clásico de una región pulquera.
A un costado del tinacal, se aprecia un Tzompantli, altar formado por los cráneos de las victimas del sacrificio ritual, el cual da paso a un patio trasero donde nuevamente los árboles frutales se adueñan del paisaje para después ceder el espacio a la pirámide de Santa Cecilia que los prehispánicos llamaban Acatitlán: entre cañas.
El basamento fue descubierto en 1922, pero las exploraciones se iniciaron hacia 1961. En el periodo de 1956 a 1968, el doctor Dávalos dirigía el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), cuando se reconstruyeron los templos dedicados a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y Tláloc, Dios del agua.
El teocalli que se conserva consta de por lo menos cuatro épocas constructivas y se compone de varios cuerpos con escaleras dobles orientadas al poniente. La separación entre las escalinatas está marcada por una alfarda de doble que las laterales, las cuales conducen a los templos gemelos de la parte superior y en cuyos remates cúbicos se alzan dos incensarios.
EL centro ceremonial de Santa Cecilia estuvo ocupado aproximadamente desde 1430 y constituye uno de los mejores ejemplos de edificios religiosos del postclásico tardío.
En un principio Acatitlán estuvo ligada a Tenayuca, primera capital de los chichimecas en la cuenca de México, fundada por el guerrero Xólotl, pero cuando Quinatzin, señor chichimeco, trasladó el poder a Texcoco, Tenayuca perdió jerarquía y Santa Cecilia fue sometida al poder de Tenochtitlán.
Se especula que Santa Cecilia tenía una economía ligada a los depósitos lacustres de agua dulce, salada y a la agricultura, sin embargo, los detalles sobre el desarrollo del sitio aun se desconocen.
Por el momento, el visitante tiene para satisfacerse la belleza y monumental del templo precolombino que convive en armonía con el recinto cristiano, y la tranquilidad del campo que en medio de la urbanidad ofrece en conjunto Santa Cecilia.
Sin embargo, el silencio que impera en las calles se interrumpe al entrar al mercado, donde el barullo de marchantes y comerciantes se entremezcla con olores del pápalo, la barbacoa y el pescado.
En el centro de la comunidad, el quiosco brinda un espacio de reposo tanto para lugareños como para visitantes. Mientras, la iglesia colonial engalana los cielos y oculta la estructura piramidal de Santa Cecilia. Este hecho no es resultado de una construcción fortuita, sino del estratégico plan de urbanización y evangelización desarrollado por los españoles a su llegada a México.
La parroquia de Santa Cecilia, edificada a finales del siglo XVI bajo la dirección de los franciscanos, fue construida con las mismas piedras que los prehispánicos utilizaron para la edificación del basamento piramidal.
El dinamismo y expresividad barrocos de la iglesia tapan el teocalli, más no opacan la elegancia de sus formas simétricas que se elevan ocho metros sobre el nivel del suelo.
Para encontrarse con la construcción prehispánica, basta con rodear el templo cristiano, de este modo el visitante queda frente a una pirámide de pequeñas, pero estilizadas dimensiones. Para acercarse a la edificación precolombina es necesario sumergirse antes en el ambiente de finales del siglo XIX que caracteriza al museo de la escultura mexica “Doctor Eusabio Dávalos Urtado”.
EL recinto cultural, que lleva por nombre el del arqueólogo descubridor del basamento de Santa Cecilia, se aloja en lo que fue una casona de campo de una familia acomodada de la época porfiriana.
El jardín central da la bienvenida al recién llegado y le arrastra a un ambiente totalmente campestre, donde las sombras proyectadas por las granadas, higos y duraznos cobijan 17 piezas prehispánicas distribuidas entre la vegetación.
Alrededor del jardín se encuentra el corredor y las habitaciones de la casa convertida en salas de exhibición, donde se pueden apreciar 59 piezas que muestran aspectos de la vida cotidiana de los mexicas. A través de dichas figuras se puede definir a la escultura antropomorfa como el retrato idealizado de las divinidades de ésta sociedad.
Existen otras cuatro salas que muestran una colección histórica de objetos y muebles de la época de la casona. En estos espacios se recrea fielmente el ambiente porfiriano: un amplio comedor con una mesa al centro y vitrinas maderadas pegadas a las paredes; una cocina cuyos muros se decoran con cazuelas, jarros y ollas de barro de uso diario, y un pretil al centro; finalmente un tinacal clásico de una región pulquera.
A un costado del tinacal, se aprecia un Tzompantli, altar formado por los cráneos de las victimas del sacrificio ritual, el cual da paso a un patio trasero donde nuevamente los árboles frutales se adueñan del paisaje para después ceder el espacio a la pirámide de Santa Cecilia que los prehispánicos llamaban Acatitlán: entre cañas.
El basamento fue descubierto en 1922, pero las exploraciones se iniciaron hacia 1961. En el periodo de 1956 a 1968, el doctor Dávalos dirigía el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), cuando se reconstruyeron los templos dedicados a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y Tláloc, Dios del agua.
El teocalli que se conserva consta de por lo menos cuatro épocas constructivas y se compone de varios cuerpos con escaleras dobles orientadas al poniente. La separación entre las escalinatas está marcada por una alfarda de doble que las laterales, las cuales conducen a los templos gemelos de la parte superior y en cuyos remates cúbicos se alzan dos incensarios.
EL centro ceremonial de Santa Cecilia estuvo ocupado aproximadamente desde 1430 y constituye uno de los mejores ejemplos de edificios religiosos del postclásico tardío.
En un principio Acatitlán estuvo ligada a Tenayuca, primera capital de los chichimecas en la cuenca de México, fundada por el guerrero Xólotl, pero cuando Quinatzin, señor chichimeco, trasladó el poder a Texcoco, Tenayuca perdió jerarquía y Santa Cecilia fue sometida al poder de Tenochtitlán.
Se especula que Santa Cecilia tenía una economía ligada a los depósitos lacustres de agua dulce, salada y a la agricultura, sin embargo, los detalles sobre el desarrollo del sitio aun se desconocen.
Por el momento, el visitante tiene para satisfacerse la belleza y monumental del templo precolombino que convive en armonía con el recinto cristiano, y la tranquilidad del campo que en medio de la urbanidad ofrece en conjunto Santa Cecilia.

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