De realidades. La nota equivocada
Aline Torres
Es una lastima que la nota del pasado dos de octubre fuese el vandalismo y no la conmemoración consiente e informada de la masacre del 68.
Las personas que saquearon un Oxxo en Tacuba y Eje Central, arrojaron pintura, piedras y cohetes a los policías no tienen la menor idea de lo que vivieron los estudiantes que participaron en el movimiento estudiantil de hace 41 años.
Aquellos jóvenes que desde el inicio del movimiento mostraron un alto sentido de compromiso social organizaban brigadas informativas para hacer del conocimiento público su razón de ser y sus peticiones. Los mítines eran disueltos violentamente por granaderos, policías, militares y bomberos.
Los estudiantes volvían a salir a las calles, se arriesgaban a ser golpeados y secuestrados. Su objetivo: hacer frente a la ola de desprestigio y desinformación que el gobierno y los medios de comunicación lanzaban en su contra.
La represión se intensificó a partir del 28 de agosto, tras el error de los manifestantes de hacer pintas en la fachada de Palacio Nacional y de instalar una guardia definitiva en el zócalo para esperar la llegada del presidente, Gustavo Díaz Ordaz, para iniciar un diálogo público.
El gobierno capitalizó los desaciertos, le sirvieron para justificar la violencia del Estado.
En el marco de un ambiente político enrarecido, los estudiantes sufrieron un tiroteo en la Vocacional 7 y contra una camioneta del Jardín Botánico de la UNAM que transportaba algunos brigadistas. Alumnos de la Preparatoria 7 fueron golpeados y varios jóvenes fueron secuestrados, entre ellos Prócoro Quevedo, integrante del Consejo Nacional de Huelga del Instituto Politécnico Nacional.
A pesar de la intimidación y del miedo, el 13 de septiembre marcharon del Museo Nacional de Antropología e Historia hacia el zócalo. A diferencia de las cuatro manifestaciones anteriores no lanzaron ninguna consigna. Fue una protesta silenciosa, ordenada y disciplinada. El único ruido que dio testimonio del paso de los estudiantes fue el murmullo de sus zapatos y el ronronear de los motores de los vehículos que abrían paso a los contingentes.
Demostraron a la opinión pública que eran un movimiento disciplinado y ordenado, no un grupo de agitadores como les llamaban las autoridades.
El acoso no había debilitado su poder de convocatoria. Reunieron a 250 mil manifestantes. El movimiento tomaba un nuevo aliento, sin embargo, la escalada de violencia ya había sido puesta en marcha y culminó en una plaza de las Tres Culturas llena de estudiantes, pero también de paramilitares infiltrados encargados de iniciar la masacre.
La nota debería ser el castigo para los responsables, a falta de voluntad política para hacerles justicia a las víctimas de Tlatelolco, las noticias deberían informar sobre los detalles de aquel movimiento estudiantil. ¡Qué pena que existan vándalos oportunistas que eclipse un aniversario que debería de instruir!

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